El Valle de Katmandú, reflejo de Nepal, Patrimonio de la humanidad

“Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”, Rabindranath Tagore.

Nepal es un país diferente. Se trata de una nación con un patrimonio natural, cultural, espiritual y humano desbordante. Acostumbrado a ponerse en pie ante la adversidad sin perder la sonrisa. A regenerarse sin alterar su esencia.

Su Bandera es la única nacional que no tiene forma rectangular, compuesta por dos triángulos, que simbolizan, al mismo tiempo, el sol y la luna, el hinduismo y el budismo, el Himalaya, la realeza y la Dinastía Rana… un espejo de lo que significa Nepal, un abrazo confraternal a los pies de las cimas del mundo.

Nepal, especialmente el increíble Valle de Katmandú, perdió parte de sus maravillas arquitectónicas, históricas, culturales y humanas en el terremoto de 2015. Pero su riqueza era, y es, tan extensa que sigue conservando intactas muchas de ellas.

Mucha gente ha dejado de ir a Nepal, sin saber que ellos siguen con los brazos abiertos. Que muchas de esas maravillas siguen intactas, y que otras se reconstruyen desde pocas semanas después del terremoto.

El país entero ha sido golpeado varias veces por tremendos seísmos, pero siempre han vuelto a levantarse. Muchas veces el mundo les ha dado la espalda. Pero ellos han seguido creyendo. Creyendo en sí mismos, en su tradición, en su cultura, y en su espiritualidad, y sobre todo en su hospitalidad.

El Valle de Katmandú alberga 7 construcciones monumentales históricas reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.  Desde las 3 emblemáticas plazas Durbar, antiguas plazas reales, de Bhaktapur, Patán y Katmandú, la estupa mileranria de Boudhanath al Templo de Pashupatinath, después de Varanasi uno de los crematorios más importantes  del hinduismo, a orillas del río Bagmati. Templos llenos de historia y de espiritualidad. Pero el valle de Katmandú es mucho más que su monumentalidad.

A los pies del Himalaya, un juego de luces y sombras se proyectan sobre  las paredes de templos ancestrales, de reflejos del sol y la luna sobre las más altas cimas de la tierra, de calles que parecen laberintos o de laberintos que parecen perderse hacia las montañas, ascender, y descender, en verdes tonos intensos en formas de valles. Entre esos valles reposa Katmandú. Un encuentro lleno de vida, de animación, de una gastronomía exquisita, especialmente la nawari, de sonrisas, de plazas majestuosas entre el bullicio del día y la solemnidad  de la noche. Aunque hay vida mucho más allá de Thamel. Es un baile de formas que se muestran y se esconden al unísono, y que siempre invitan a uno a pasar, sin necesidad de hacerlo. Las puertas están abiertas. Hay que ir descubriendo, desvelando poco a poco, sumiéndose en sus misterios, en sus diminutos templos donde sólo habita la paz… Es el recodo, la ventana a una forma de sentir que pertenece a otra época. Es un viaje en el tiempo, un viaje al pasado, donde la plaza, el mercado, la vida en la calle y el artesano recuperan su valor.

El 14 de abril Nepal celebra su año nuevo, un nuevo ciclo a la vida que simboliza a partir del encuentro de lo femenino con lo masculino. Pero eso es Nepal, un país, una región, llena de encuentros, de tradición, pero de aceptación plena de lo diferente, de convivencia, de sonrisas que se reponen siempre a la adversidad, de templos donde lo carnal y lo espiritual cohabitan, figuras del Kama Sutra que decoran los frontales de algunos de sus construcciones más importantes. Nepal espera con los brazos abiertos. Desde pocas semanas después del terremoto, del que ya han pasado casi dos años, las organizaciones internacionales de Turismo reconocían a Nepal como apta para recuperar su vida turística. Ir es ayudarles a recuperarse, pero es mucho más que eso, es recuperar parte del Patrimonio de la Humanidad, y sobre todo es encontrar y descubrir sonrisas donde mirarse. Es una lección de vida, de superación, es un encuentro, donde lo humano y la naturaleza se abrazan a los pies del Himalaya.

 

Galería de Daniel Laseca

Libros recomendados

No es fácil encontrar traducciones de escritores nepalís en español, pese a ser su literatura la más antigua de todas las lenguas sino-tibetanas, y tener autores actuales importantes, de los  que  se pueden encontrar traducciones al inglés.

Voy a recomendar una novela que narra bastante bien cuando Katmandú era un punto central en la ruta hippie de los años 70: Katmandú camino al infierno, de Tom Vater.

Buda es como Sócrates uno de esos grandes autores que no dejó obra escrita pero que su testimonio e influencia ha trascendido los siglos. Nació en la actual Nepal, en Lumbini, a unos 260 km de Katmandú, y el libro de Las cuatro verdades nobles de Buda, de Gueshe Tashi Tsering, son una buena introducción y aproximación al Budismo. 

Las cuatro verdades nobles de Buda, de Gueshe Tashi Tsering.
Las cuatro verdades nobles de Buda, de Gueshe Tashi Tsering.
Katmandú camino al infierno, de Tom Vater.
Katmandú camino al infierno, de Tom Vater.
Daniel Laseca

Daniel Laseca

"Lo más profundo del ser humano es la piel", Paul Valery. Fundador de un movimiento cultural llamado Cubismo Cotidiano. Así concibe su visión del Mundo. Como una mirada pluriperspectiva, construida a partir de miles, de millones de encuentros, de miradas, iguales y distintas. Como un puzzle que se arma cada día, cada instante, en cada experiencia, en cada recuerdo, en cada olvido, en todo lo vivido y dejado por vivir. Viajero de pies descalzos, y poco equipaje. Todo lo imprescindible de la vida o está en la piel, o cabe en un par de mochilas. Nunca sabes cuánto tiempo vas a quedarte en un sitio. Ese es parte de su encanto. Buscador incansable de la belleza en todas sus formas. La naturaleza más desnuda, los océanos, las selvas, los bosques, el arte, la poesía, la cultura en su sentido más amplio, y sobre todo las personas, sus risas, sus lágrimas, sus miedos, sus ilusiones… Ha vivido en Tailandia, India, Bolivia, Venezuela, Argentina y México y viajado por numerosos países tratando siempre de impregnarse de lo que le rodea. Para crear, al final, su mirada propia, hecha de todas esas miradas.


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